Los edificios odian las bicicletas. El viento se amontona, la sangre se acalambra. Las chombas lloran con aureolas tibias. Los edificios se cagan en las bicis. Enciman inodoros, exacerban desagües, impregnan calles, cuadernos, poemas. Y menos literalmente, también se cagan en las bicicletas. Contratan parcelas de diario, concejales, basureros y coiffeures, que depilan la acera de arbolitos , que amansaban la siesta mentolada. Hace poco nos echaron de un edificio cheto por la Italia. Se aseguraron de que fuera una expulsión pública y oprobiosa. Mi bici, Epifania -así, sin tilde- entró de polizona porque mis amigas no pagan cochera. Tras los mates la urgencia fisiológica: Epifania se desgració de aceite y barro sobre los exclusivos mármoles del mamotreto. La rabia desclasada del portero, la espontánea empatía de los runners, la heroica pulcritud clasemediera, restauraron el orden. Eternos sus laureles, sus dicroicas victoriosas. Eterna su virtud capitalina. Hoy cruzamos de nuevo. Pusiero...